PUEBLOS:   Mala > Nazario > Artículos

 

 

 

Pensé poner mi corazón, con una cinta morada, encima de la montaña más alta del mundo, para que, al levantar la frente al cielo los hombres viesen su dolor hecho car­ne, humanado.

En estos momentos no se me ocurre nada más que decir sobre este pueblo. Es­toy viendo desde aquí unos hombres que saben de su futuro, que piensan en su ma­ñana. Helos ahí, de pie, firmes, robándole horas, días a su trabajo para que ese futuro sea mejor, más digno. He aquí el gran va­lor de estos hombres serios, rudos, secos por fuera como la tierra misma, pero tan llenos de humanidad, tan repletos de amis­tad y del sentido del deber que nos recuerda a los grandes hombres de la historia- No, no son seres superiores, no son personas diferentes, son gentes que han comprendido el valor de la unión, del trabajo en grupo. Son los hombres, es el pueblo quien se ha puesto en pie para que no falte la tan deseada electrificación del pueblo, la luz en cada hogar. Muchos han sido los postes eléctricos que han levantado esas manos acostumbradas al arado y a la tierra seca. Muchos metros de cable fueron saliendo de las manos de estos hombres. Era el afán de supe­ración, el deseo de mejora común, quienes tensaron esos hilos de cobre.

No me gustaría que esto fuera otro canto más a la labranza a unos hombres cualquiera, de cualquier pueblo. Mi intención es reconocer, desde aquí, el esfuerzo, la sencillez, la unión de unos hombres acostumbrados a vivir en una tierra huraña, muerta de sed y de frutos, viviendo en un presente a veces no muy agradable pero si esperanzador.

Sé que no siempre es fácil dejar nuestros deberes, olvidarnos un poco de nosotros mismos para volcarnos de lleno sobre el pueblo, sobre la comunidad. Pero un día se die­ron cuenta y creyeron que lo mejor era el lanzarse, el arriesgarse, el unirse y adelantarse a una época que aún no llegaba, que tardaba en alumbrarles. ¿Qué haría falta para ello? pensaron. Vieron las ventajas, los inconvenientes, pero así y todo la cosa no parecía clara. ¿Valía la pena seguir esperando? era una pregunta que rondaba en todas las cabezas. Por fin, un día cualquiera, a cualquier hora sin propaganda, tan sólo con esperanza y fe en el futuro, se lanzaron a la calle, echaron sus voces fuera del pueblo, y dijeron que querían la luz. ¿Cómo así? Habría que pagar grandes cantidades de dinero. Mal problema. Nunca es­tuvieron sobrados de tal cosa. ¿Cómo entonces solucionar el problema? Alguien pensó — puede que fueran todos a la vez—: si el pueblo, las gentes dejáramos de vez en cuando nuestras tareas, y, ayudáramos a quienes harían la electrificación, saldría más barato. Bue­na idea. Nuestro trabajo desinteresado evitaría un gasto de dinero que nos faltaría para otras cosas.

No estoy ensalzando, repito, a unos hombres sin ningún sentido. No es mi intención hacer un poema sobre cosas sin importancia, sobre hombres que no han sobresalido en na­da- Sería un absurdo. Quisiera que esto sólo fuera el reflejo, el más honrado reflejo de la vida de unos hombres que han visto su sudor, su dolor hecho carne, humanado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
NAZARIO DE LEÓN ROBAYNA

Biografía
Narrativa
NOTICIAS  PRENSA
pregón
artículos