PUEBLOS:   Mala > Nazario > Poesías-3

 

 

Fuente: Intemperie

Marcos P. Martín Artíles

 

 

"...avatar inoportuno"

 

Para Marcos

 

 

Esta correa de hierro chilla y lo desgasta.
Esta correa, este martillo lo maltrata.

 

Grillos de las grandes mazas
al yunque, al tímpano clavan
y abofetean:

(es un compás clavado entre las muescas:
tijeras con filos de agua que brillan
y paren cuervos por espuelas.)

 

Esta correa de griterío, esta fragua
le hace un brillo largo y lo desparrama,
este cuchillo de hierro chilla
y, sin avisar, lo mata.

........ 

Ayer un plañir de leña gutural cubrió

la máscara menos viva,

la que se sumerge, intangible,

con los dedos pétreos,

en el hormigón de arena.

 

Ayer interpretábamos signos sobre estigmas

allí donde se desalienta el onanismo de los versos.

 

Ayer cortábamos los cálamos de junco

hipotecados por el lamento fino de tu voz
allí donde los agrimensores tasan
cada verbo pluvial.

Ayer convertíamos las tardes en fábulas de lenguaje predilecto.

 

Ayer se nos fugaban de las manos los vocablos
con que marcábamos los compases en el fuego.

 

Hoy te dejo mi amistad sobre la mesa
por si, echada la baraja, algún día
emerges desde la indecente hondura de la tierra.
 

 

Conocí a Marcos cuando ya los dos, seguramente, tenía­mos cubierta la suma de amigos y de amistades, cuando sólo necesitábamos de los otros la seducción y el afecto. Fuimos uniendo nuestras vidas con esa extraña querencia de quienes encuentran al compañero ideal para un viaje perfecto. Y lo fuimos hasta que se nos acabó el camino.

No sé exactamente cuánto tiempo duró la travesía, la derrota, a pesar de las corrientes, los vientos o los errores instrumentales. No lo sé porque el tiempo lo medíamos en palabras, en verso y no en horas o en años, porque nuestro camino transcurrió por entre la voz y los gestos y no por entre los días y las noches.

Terminó el camino y ahí se pararon los versos, las pala­bras, los gestos y la voz. Hubo un pétreo silencio, un viento helado como una guadaña de metal transparente. Sólo tengo un recuerdo nítido de aquel instante: me senté en mi mesa esquivando tanto dolor esperado, abrí uno de sus libros y leí:

 

"Me exaspera que no haya más oportunidad que este avatar inoportuno, más posibilidad que ésta de lo imposible, más ocasión que ésta de los ocasos;"

 

Estuve leyendo alguno de sus poemas el tiempo justo pa­ra que se secaran las lágrimas. Me levanté cuando el llanto había ya desaparecido pero todavía con la rabia masticándo­me el cerebro. Fue en ese momento, lleno de rabia e impo­tencia, cuando escribí el primer poema. No sé cuánto puede tener de buena literatura y cuánto de rabia. Ni me interesa. Es un poema escrito con el corazón —no con la mente—; es la rabia y el dolor lo que impera en el texto. En él clamo y grito más que hablo. Ahí está.

 

El segundo poema lo escribí cuando ya la rabia había de­jado paso, cruel, a una visión del pasado. La derrota se había convertido en derrota —ese es el precio a pagar incluso por los dioses—. Esperé a tener más tiempo para recordar, —es en la memoria donde anidan las historias verdaderas— pues el recuerdo es quien único tiene el poder de cambiar la rea­lidad para convertirla en verdad.

No he querido retocar ninguno de los dos poemas, cam­biarles ni una coma. Quiero que queden tal y como fueron escritos en su momento. Creo que el mejor homenaje que, modestamente, puedo hacerle a Marcos es mantenerlos tal y como fueron escritos.

Si pasado el tiempo algún curioso lector se encuentra estos poemas, perdidos en dios sabe qué lugar, se dará cuenta de que en ellos hay dolor, afecto y admiración a partes iguales. 

 

Nazario de León Robayna

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
NAZARIO DE LEÓN ROBAYNA

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