HISTORIA  / Aproximación Hª Haría

 

 

 

Cuando el tiempo te lo permite y deja correr los recuerdos, viene a la mente muchas cosas, hechos y circunstancias, más o menos lejanas, quizás sin importancia; pero sí en algún momento quieres escribir de algo o de alguien, requiere un planteamiento previo, un esquema, un escenario o espacio físico donde se desenvuelvan los personajes, donde se desarrolla la vida de los habitantes de un pueblo, de la misma manera que los técnicos realizan el replanteo antes de iniciar la ejecución de un proyecto.

 

La montaña de Faja, la Faxa de hace unos siglos, es una de las que, junto con las de Malpaso, Aganada, La Ganta, La Atalaya y Los Castillos, configuran el Valle de Haría. En ella ha permanecido durante unos sesenta años el olvidado, en estos momentos deteriorado de forma irremediable. Ha sido en ese tiempo referente de esa zona y único habitante de su cima. Quienes mencionaban la montaña de Faja necesariamente se referían a él. Allí dos tipos de aves solían tener su punto de observación, el cuervo y las últimas parejas de guirres, desaparecida hace unas décadas.

 

Prácticamente nadie, salvo la familia de I y E, saben porque está allí y desde cuándo. Muchos le han visitado a lo largo de los años por diversas razones, acogiendo en su sombra a quienes buscaban refugio o, la mayor parte de las veces, descanso en su camino.

 

Por su lado han pasado cazadores, pastores, niños y jóvenes que gustaban de ascender por la ladera de esta montaña, cruzando primero una antigua vereda-bajada de agua y luego finca de almendros y granado, o bien desde la calle de Faja, junto a la Ermita de San Juan, o desde su otro extremo, el puente sobre el barranco también llamado de Faja.

 

Pero de donde procedía PN, símbolo y referencia de la zona durante tantos años, lo mismo que podía pensarse de Palmira, la más grande y esbelta de Lanzarote, testigo de infinidad de hechos desde su situación en la calle Nueva, calle Real, calle Santiago Noda o Encarnación Rodríguez, siendo estos los varios nombres que ha tenido a lo largo del tiempo a merced al gobernante de turno. Con ello se va borrando la historia, si no se refleja por escrito el porqué de cada nombre en cada momento de la vida de un pueblo.

 

Un buen día llega PN con sus hermanos al valle de Haría. Era muy pequeño, casi podía decirse que no sobresalía un palmo del suelo. A pesar de su corta edad pudo apreciar desde un principio las características naturales de un pueblo donde iba a crecer y ser testigo de la vida apacible de sus habitantes, de su quehacer diario, de sus inquietudes, de sus alegrías. Conocería parte de su historia a través de sus amigos.

 

Piñón, nombre que hemos querido darle al olvidado, era el segundo de cuatro hermanos, eso sí el más espigado de todos; el que le seguía en tamaño era más ancho, más rechoncho, mientras que los dos pequeñines, gemelos, apenas se dejaban ver. Muy contentos de venir a este valle, que le recordaba un poco y con una idea muy vaga su origen allá en la isla de Gran Canaria, quizás por ese aire tan característico del norte, que aporta fresco y vida a todo el valle. A pesar de todo Piñón no recordaba haber visto juntas tantas palmeras. Era un mes de diciembre cuando llegaba al pueblo vestido de color verde, que luego sería el preferido a lo largo de su vida. Se sentía reconfortado con el ruido musical que hacían las palmeras con sus hojas, orquestado por el aire que penetraba desde el Rincón con una tenue bruma que cubría la parte alta de las montañas de Aganada y Los Castillos y algo más lejos Gayo, Los Helechos y parte de la Corona.

 

Pensaba que aquello era una especie de bienvenida del pueblo, de las palmeras agitando sus brazos de alegría. Pasan sus primeros años muy feliz, viendo pasar y jugar a unos niños de más edad que él. Alcanzaría algún que otro pisotón mientras a su lado se jugaba al fútbol o algún sobresalto cuando los camiones cargados de arena pasaban muy cerca. Se enfadaba y asustaba cuando "pirraca", un pequeño perro juguetón giraba a su alrededor y le daba un tirón.

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ANTONIO BERRIEL PERDOMO