PUEBLOS / Mala

 

 

Fuente: Obra escogida, Lanzarote

 

A la vista del pueblo de Mala, que está entre la montaña del Mojón y la de Temeja, no se ve otra cosa sino nopales blancos de cochinilla y nopales de chumbos colorados. Según el terreno va siendo más o menos seco, las chumberas de Mala presentan caracteres diferentes, aun siendo tuneras de la misma variedad. Vemos que las de las tierras bajas, cálidas y costaneras, tienen ovaladas las palas, con púas fuertes y abundantes, pero si miramos tierra adentro, hacia las tierras más altas y frescas, las pencas se hacen más grandes, redondas y carnosas, siendo sus púas muy ralas y poco consistentes. Respecto a la cochinilla remitimos al lector al anterior capítulo, pero no así para enterarse de los trabajos y labores que requiere el tuneral. Llegar a Mala significa ver directamente cómo forman el abancalado y la nivelación que impone los accidentes naturales de los terrenos. Estas tierras resecas no precisan de labores de desfonde (sorribas), pero como complemento se dan dos o tres aradas en cruz, que se aprovechan para estercolar el sue­lo. Una vez el terreno preparado y dispuesto para la plantación, se abren los surcos en dirección perpendicular a la pendiente del mismo, distantes entre sí dos o tres metros, según las tierras sean de poca o mucha fertilidad; en dichos surcos, de un palmo más o menos de profundidad, se van colocando las plantas a medio metro unas de otras.

A las espaldas de Mala está la montaña de Silvo, que no de silva, como se oye decir, y todo por allí continúa siendo tunerales erizados, por entre los cuales surgen pámpanos añosos y retorcidas higueras de leche, o brevales frondosos. Es ésta una de las partes insulares que escaparon de las iras de Vulcano. El caserío de Mala no es gran cosa, pues apenas hay poco más del centenar de chatas viviendas, todas pintorescas y canarias, excepto una de ellas que tiene pinta andaluza, y que en otros tiempos debió de interpretarse como verdadero palacio; es una casona encarnada, con pircas y cancelas, rejas y petulantes balcones; data desde cuando Mala nació gracias al floreciente auge de sus plantaciones de taba­co, renacimiento que de la noche a la mañana se esfumó, fracasando así el pue­blo de Mala, y para atestiguarlo ahí quedó la casona como vestigio de una fugaz prosperidad:

«Vidiéronla los ángeles seer desamparada
de piedes e de manos con sogas bien a tada,
sedie como oveia que íaze ensartada,
fueron e adussiéronla pora la su maiada...»

Sin embargo, Mala es sin duda el pueblo más alegre de Lanzarote y también el más festero. El pequeño vecindario se pirra por un baile, que tiene su apoteosis durante las festividades en honor a Nuestra Señora de Las Mercedes, donde todo parece forja poética debido al tipismo canario que en ellas se ve, no con ficciones hechas al caso, sino con todo el rigor de sus ancentrales tradiciones. Las mujeres acuden a la ermita ataviadas al modo del país, con encantos en sus caras y en sus ojos, montadas sobre los dromedarios adornados de caireles y sillas vistosas; después, la función religiosa, solemnidad principal de la romería, que las mozas realzan con amenas prácticas rituales. ¡Santas y nobles verbenas de Las Mercedes por las que el no menos santo cura merodeaba ahuyentando al diablo, ese viejillo verde de pecados absurdos e impertinentes! Todo en este pequeño rincón es alegre, acogedor y atrayente, aunque se haya dicho que sus hombres son foscos y dados a la riña. El trabajo lo hacen de sol a sol, unos ratos alrededor de las tuneras y otros olisqueando por entre las parras. Son silenciosos y se pasan las noches enteras dándole vuelta al magín para ver cómo pueden mejorar y ampliar su pro­ducción, aunque cada día comprueben de que es ésa una empresa harto difícil si las lluvias no son propicias. Pero la inteligencia y tenacidad de los «malos» puede mucho, y poco a poco van aumentando sus labores sobre un campo que, con titánico afán, han ampliado en constante e ininterrumpido empeño:

«Las lágrimas correr una tras una
con noble orgullo por mi faz yo siento,
pensando que hayan sido, por fortuna,
esas honradas manos mi sustento
y esos brazos mi cuna...»

Las callejas de Mala son polvorientas, pero conservan una típica limpieza que invita a pasearlas; sus mismas tierras de labranza, de bien hechas que están parecen grandes y simpáticas huertas. Las tierras de Mala piden a grito pelado que no se continúe derrochando el agua de lluvia que se pierde, barranco abajo, hacia el mar. Es la tierra que suplica la construcción de la proyectada presa del Estanque, que abarcaría unas 300 fanegadas, con una longitud aproximada a los seis kilómetros y de una capacidad para almacenar 500.000 pipas, a las que ha­bría que añadir las aguas aprovechables de los pequeños barrancos, tales como el Moza y el que viene serpenteando por el valle del Palomo. ¡Qué beneficio insu­lar si se construyera dicha presa en Mala! ¡Y qué pena da ver cómo Dios manda, alguna vez, buena agua para dejarla ir al mar, como si la tierra no tuviera sed!

Todo en Mala es sencillo, reposado, como el andar cansino de los dromeda­rios, y el paisaje tiene la pureza de las zonas predesérticas y la gracia solar, cuya luz tibia no deja nunca que los promontorios más cercanos se muestren algodo­nados, aun en días de calma. La ardiente maleza que camina en derechura a la costa, salteada de nopales de pencas ovales, tiene un color vario y verdadero que enriquece su aridez; empero, el verde riente de los árboles frutales, que suben ha­cia las peñas del Silvo, antoja oasis esparcido sobre un suelo despiadado. Tiene Mala, al naciente, sendo desierto de arena, con sus dunas, sus matojos, y sus euforbias, en cuyas inmediaciones se alzan solitarias dos molinas de gofio, que muelen maíz y trigo desde sabe Dios cuándo, y que todavía suministran a todos los veci­nos su principal y rico alimento.

Una peculiaridad digna de todo encomio es que el pueblo de Mala, pese a su pequeñez y pobreza, tiene gran número de estudiantes, contando en la actualidad con médicos, licenciados en derecho y filosofía, y maestros de escuela primaria, que aunque terminen en absentistas continúan trabajando por la mejora de sus tierras desde sus respectivos destinos, por lejanos que sean. Ni que decirlo habrá que, con el estudio de sus hijos, Mala ha logrado acabar con la endemia de su tracoma, desterrando para siempre la fastidiosa presencia de la chiquillería sin pestañas y párpados dilatados. Son los jóvenes estudiantes quienes abrieron una sociedad de cultura y recreo, que ellos mismos titularon «El Renacimiento», acaso considerando todas las nuevas ventajas que al pueblo ha servido la Universidad a través de sus aprovechados vecinos. Sin embargo, la sombra del pasado perdura y, si bien es cierto que los tipos como Gregorio el peatón han desaparecido, no menos cierto es que todavía se dan los atróficos como el mocoso que mató a su padre por una bicicleta. Gregorio el peatón, fue un tipo zumbón y algo his­térico, que tuvo siempre manías de fortuna, y por eso jugaba a las cartas. Gregorio era el cartero, y se andaba los pueblos a principio de siglo para repartir la valija, cosa que no hizo jamás sin detenerse en las tascas, donde jugaba hasta con frenesí. Un día se jugó el dinero de los giros y el bastón, con mango de marfil labrado, propiedad de don Domingo Cancio, abogado de la Real Villa de Teguise, que conmovió a toda la isla con sus lamentos.

El caso del mocoso que mató a su padre levantó más polvareda aún, pues, al parecer, el parricida padecía idiotez maligna, sin que esto quiera decir que ca­reciera de la luz suficiente para distinguir el atroz alcance de su repugnante delito. El sumario dice que el chico requería constantemente la cantidad suficiente para adquirir una bicicleta, muy en boga por los pueblos lanzaroteños, pero el padre consideró que ese era un gasto superfluo, máxime teniendo en cuenta su modesto vivir. Pasaron los días y los meses, y el joven de 16 años insistía cada vez más exigente, apremiando la compra que el padre no deseaba realizar. Un día, cuando regresó el viejo de sus labores agrícolas, quedó sorprendido viendo que su hijo lucía flamante biciclo, sin que le diera más cuenta ni razones. El padre pregunta, y el chico responde, no sin petulancia, que fue su madre la que le dio el dinero. El campesino, sin más, interroga a su mujer, y ésta le acusa de privar al «niño» de un placer. El campesino monta en cólera...(?)

«Han encontrado muerto a fulano». Así corrió de boca en boca la fatal noticia, poniendo en entredicho la sanidad y noble condición del poblado de Mala. No, no fue hallado muerto, porque estaba el «difunto» mediovivo y aún pudo ser trasladado al Hospital Insular de Arrecife, falleciendo antes de su ingreso en el mismo. Investigación:

«Dijo que iba a matar a mi madre —afirma el chico— porque me dio las perras... y yo quise evitarlo».

Los universitarios de Mala, acaso justificando en el fondo tamaña atroci­dad, dicen que el suceso es asunto de pedagogía, de educación a tiempo, para que las pobres mentes oscurecidas por naderías y absurdos, como esta totoronta­da de la bicicleta, sean iluminadas con luces de verdaderos ideales que destierren, de una vez para siempre, esos instintos que perduran en su pueblo, y que si Dios no los evita llenarán aún más páginas de sucesos.

«Basta al que empieza aborrecer el vicio
y el ánimo enseñar a ser modesto,
después le será el cielo más propicio...»

Todo el rigor de la Ley ha caído sobre el parricida, que se ve sin bicicleta, sin padre y sin madre... Entretanto la parte culta de Mala lucha a brazo partido con la otra mitad inculta, con el exclusivo fin de que la nativa alegría del pueblo no se vuelva a ennegrecer por acontecimientos impropios de hogares que sienten espontáneo amor a la sabiduría. ¡Lucha parte selecta de Mala por tu otra parte descuidada! ¡Lucha, Mala, para que tu sonrisa no tenga nunca rictus de tristeza!